jueves, 12 de enero de 2017

ASHINCUY

Hace muchos años, vivía en aquel lugar solitario un pastor de ovejas y alpacas, sin la compañía de nadie, llevaba una vida monótona, pues día tras día el pastor salía al campo en busca de pasto para el ganado, para retornar al caer el día a su choza solitaria. No tenía a nadie sino al fuego que le abrigaba con su llama opaca y triste. Cuanto soñaba tener en su compañía a una mujer que le diera alegría, amor y caricias; pero no le era fácil conseguir, porque no tenía ninguna vecina a quién ofrecer sus amores y hacerla su esposa, cuantas veces pensó viajar al pueblo en busca de la dulcinea de sus ensueños; pero le era imposible, porque para ello tenía que dejar el ganado que era su único patrimonio, vivía resignado de su amarga suerte, sin tener a quién contar sus cuitas, sino a la laguna que estaba próxima a su choza, al Anco Vilca y al Allco Punta, cual centinelas los protegía siempre. Pasaron días, semanas, meses, quizás años y muchos años para el pastor hasta que cierta vez cuando al caer el día, al retornar a su choza encontró con sorpresa dentro de ella y prolijamente preparados ricos manjares, posiblemente por manos delicadas de una mujer, ¿ Quién será ? se decía el pastor llenado de mil imaginaciones y muy miedoso dio una, dos, tres y quién sabe cuantas vueltas y revueltas por de­trás de los corrales, luego se puso a divisar por los matorrales y los pajonales, en su deseo de poder descubrir a la persona, que le había traído tantos bienes. No quiso tocarlos menos comer, porque pensó de que alguna persona mal intencionada pudo haber traído para hacerle daño y apoderarse así del ganado, ¿pero quién podría ser? pues nadie vivía cerca a él, se tranquilizó un poco y vencido por el hambre y la curiosidad, comió todo y al terminar sintió una gran alegría y se quedo dormido, soñó ingentes riquezas que le obsequiaba una gran dama, pero al despertar al nuevo día, vio que todo era igual que antes; pero al atardecer de cada día cuando el pastor retornaba de sus labores diarias esperábale la suculenta comida preparada por el misterioso personaje y que cada día eran variadas y mas sabrosas. Entonces el pastorcillo; pensó: ¿Quién podía ser la persona tan ca­ritativa que le traía tanta bondad? quizá un hada se dijo para sí; pero deseoso de saber se puso asechar. Grande fue su sorpresa al ver que de las linfas de las aguas de la laguna en mención lebantábase una doncella con vestimentas características de la época: falda roja de bayeta, manta blanca, sombrero de vicuña y con un gran, prendedor de plata, que sujetaba a la manta y con grandes aretes de oro que pendían de sus orejas, quién una vez en tierra se dirigió a la choza del pastor, llevando sobre sus espaldas un atado con su policroma calashmanta e hilando un vellón de lana acompañada de un pichicito blanco como la nieve penetro a la choza. El pastor que todo había visto con asombro y no queriendo dar crédito a sus ojos, fue a la choza para convencerse de quién era esa mujer atrevida que se había permitido entrar a su choza, sin su consentimiento. La sorprendió cuando se aprestaba a preparar la deliciosa mesa, y este al verle hizo unas interrogaciones y se entabló un diálogo entre ambos: ¿Quién eres y de donde vienes? Pregrutóle el pastor.  Soy de este lugar, tu vecina, ¿No me conoces? dísele ella.  Pero que desea en mi choza vuelve a preguntar el varón. He tenido compasión de tu soledad y al ver que no podías atenderte por tus recargados trabajos, me vi obligada a preparar tus alimentos, por si, así puedas casarte conmigo. díjole ella muy tran­quilamente con voz emocionada. El buen hombre enmudeció, pues no sabía que contestar, pero recordando la vida triste y solitaria que había llevado hasta entonces aceptó casarse con ella, a lo que la mujer continuó.  Soy la dueña de un gran número de ovejas, alpacas, llamas y vacas, ya que aceptas ser mi esposo, los traeremos y para ello cierra los ojos. El pastor obedeció el mandato y cuando los abrió se vio en el fondo de la laguna y caminando por la calle principal de una gran ciudad, llegando a una hermosa casa, cuya dueña era la buena mujer, quien mostró al marido, todas las riquezas de aquel reino. El pobre hombre quedó maravillado y asombrado a la vez no había logrado satisfacer su admiración, cuando recibió la orden de: Ya podemos volver, e invítala a que cierre nuevamente los ojos y tan pronto lo hizo, estuvieron en la faz de la tierra, con una gran cantidad de ganados y otros tesoros más, haciéndose de este modo rico de la noche a la mañana. La bondadosa mujer, cierto día le dijo: antes que transcurra más tiempo y me olvide, te digo, siempre que degolléis un animal de nuestro corral haz de entregar a mi pichisito el ruro huira (grasa del riñón), para que se coma, pues el ganado es de él. El buen hombre, esto lo tenía aprendido y lo cumplía fielmente, pero cierta vez, después de algunos años de vida conyugal, posiblemente en la época de cosecha se puso a degollar algunas ovejas para llevar al pueblo de Vitis y hacer el trueque con los productos de la cosecha y en los apuros y las preocupaciones se olvido de entregar al mimado perrito la, grasa del riñón, a lo que el perrito se puso a comer sin el consentimiento del dueño, quien al notar tal atrevimiento castigó al animalito, el que entre aullidos y ladridos se puso a correr en dirección a la laguna, perdiéndose en las espumosas aguas tras el todo el ganado entre validos mugidos, y aún la misma mujer quién hizo caso omiso a los ruegos llantos del pobre hombre quedándose este completamente solo, sin ganado, sin mas patrimonio que la soledad, sin amor y caminó, sumido a la más honda pena. Desde aquel entonces día tras día el pobre hombre se pasaba triste a la orilla de la laguna, por sí volviera la mujer de sus delicias, compadecida nuevamente de su soledad y tristeza; pero nada, todo era igual desde aquel día, silencio y soledad. Cuanto deseaba por lo menos divisar la imagen de su esposa en las cristalinas aguas de aquella laguna, aun eso le fue negado, porque al sumergirse la mujer, el perrito y todo el ganado, las había enturbiado. Los días se hacían muy largos y muy tristes, hasta que sumido en la más honda pena y después de largos sufrimientos, se convirtió en una piedra larga junto a la orilla de la mencionada laguna, en posición de ver algo dentro de las aguas y posiblemente la imagen encantadora del ser querido que le abandonó por un poco de grasa del riñón de una oveja. Desde entonces aquella laguna, llamase ASHINCUY, que quiere decir “BUSCAR EL SER QUERIDO”.



0 comentarios: